
He transitado durante días, semanas y meses por un arduo camino no exento de tormentas, rayos y tempestades, intentando avanzar pero despacio, muy despacio, a veces con tropiezos por las piedras del camino, a veces porque he tenido que sentarme a coger aliento, a veces retrocediendo porque un ciclón llamado miedo no me dejaba caminar en la dirección correcta. Desde que me puse en marcha llevo a las espaldas una mochila cargada de recuerdos, ausencias que han dejado huella, responsabilidades, lágrimas, vacíos, nostalgia y otro millón de cosas inútiles que, a pesar de lo liviano de su peso, me hicieron cargar mis hombros como el que transporta una tonelada de hierro. Su peso me hizo agachar la cabeza, mirar al suelo y no al frente, hundió mis pies sobre el fango y me hizo agazaparme tornándose más complicado mi camino en medio de la tormenta.
Me he dado cuenta de algo, no puedo avanzar con tanto peso y si el tiempo me da una tregua quisiera empezar a vaciarla de todo aquello cuanto no necesito, de aquello que me impide continuar mi rumbo, porque me he dado cuenta que todo pesa cuando ya no sirve…
Voy a detenerme para poner en marcha el reloj, porque si algo me ha enseñado el tiempo es que no quiero perderlo con mediocridades. Voy a sacar la envidia de aquellos que desacreditan a los más capaces porque fueron incapaces de conseguir sus propios éxitos. Voy a sacar a aquellos que no saben ponerse en la piel de los demás y que anteponen el “yo” ante cualquier circunstancia. Voy a vaciarla de todos aquellos que dijeron que lo sentían pero que no estuvieron ahí cuando los necesitaba, voy a vaciar mi mochila de odios y banalidades que en nada me ayudan a proseguir.
Todo esto me ha hecho sentirme un poco más libre, más erguida, menos pesada y mis hombros comienzan a descargarse. Aprovechando el espacio que ha quedado decidí volver a llenarla, pero esta vez de cosas valiosas, de todo aquello que me ha otorgado la madurez, de cosas pequeñas pero que han supuesto grandes lecciones de vida. Así que decidí volver a llenarla de gente humana que está dispuesta a caminar contigo, cuando luzca el sol o bajo la tormenta, de gente que tenga empatía que es para mí el origen de la humildad más verdadera, de recuerdos vivos y perfectos de aquellos que, aunque abandonaron el camino y dejaron de estar, pasaron a ser y a formar parte de ti convirtiéndose en un ángel de la guarda que te guiña desde el cielo.
A pesar de haber vuelto a llenar mi mochila el peso se ha aligerado enormemente y puedo avanzar el paso e incluso aligerarlo, caminando deprisa hacia la luz del sol, pero esta vez con paso firme. Me siento libre y descargada de lo innecesario a pesar de haber llenado nuevamente mi mochila, pero esta vez de simplicidad hasta llegar a darme cuenta de que lo esencial en la vida es lo que hace que valga la pena vivirla…
Debe estar conectado para enviar un comentario.